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Baldios intelectuales

La preocupación de nuestros prohombres, fue la existencia de un gran territorio a ocupar con una ausente población. Ese período de nuestra historia fue enmarcado con un concepto que nuestra generación conoció con la denominación de gobernar es poblar.

Si bien ese objetivo no ha sido totalmente logrado, por cambios constantes de prédicas que no alentaron la continuidad de un flujo inmigratorio determinado, se logró un incremento razonable en la relación habitante por superficie.

Siempre hemos escuchado hablar de los grandes espacios vacíos de nuestro país, pero aparentemente en toda interpretación se acentuaba el principio de que para que un país sea potencialmente fuerte debe tener muchos habitantes.

Este criterio unilateral e incompleto adquirió predominio en base a la antigua concepción estratégica de grandes ejércitos en grandes campos de batallas. Dichos ejércitos, teóricamente numerosos, debían ser alimentados por constantes levas de soldados que emergieran de un poblado país. Ese concepto no tiene ya la misma vigencia imperativa.

Hoy no se habla de cantidades de soldados sino de poder de fuego. Esta nueva visión da más relevancia a la capacidad tecnológica que al número de hombres que integra una fuerza armada.

Hacía falta recordar el origen de algunas ideas para observar su validez actual.

poca población, tienen un desarrollo tecnológico que les permite tener un estándar de vida envidiable y un peso importante en la comunidad internacional. Por lo tanto no es la escasa población argentina la que nos resta mercado y por ende eficiencia. Es la ineficiencia la que actualmente nos está restando población, y también mercado, pero no sólo el nacional sino el internacional.

Esa ineficiencia no es exclusiva del Estado, sino también de las empresas privadas, que a su vez la reciben de una población demasiado tolerante y complaciente consigo mismo y autojustificada en la pirámide ocupacional por el bajo nivel de sus vecinos, sus superiores e inferiores.

Esta sociedad feroz en la crítica, pero complaciente en la autocrítica, es la que debe cambiar. Así como el asco actúa como un revulsivo para eliminar elementos dañinos que hemos ingerido, la sociedad debe expulsar conductas perjudiciales que la enferman.

Nuestro incipiente subdesarrollo no surge de la escasez poblacional y de los territorios desocupados. En la cabeza de muchos es donde existen baldíos intelectuales que debemos llenar no con la vieja fórmula de sangre, sudor y lágrimas, sino con ingenio, sudor y esperanza.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 326, del 28 de julio de 1993