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Cabezas y las mil palabras

En esta edición recreamos para los lectores nuestro editorial del n° 543, impreso el 24 de septiembre de 1997. Vale como reflexión pasados 20 años del asesinato de José Luis Cabezas.

De tanto ver triunfar las nulidades, de tanto ver prosperar la deshonra, de tanto crecer la injusticia, de tanto ver agigantarse los poderes en manos de los malos, el hombre llega a desanimarse de la virtud, a reírse de la honra, a tener vergüenza de ser honesto.
Rui Barboza (1848 1923)

Desde que la creación fotográfica se convirtió a fines del siglo pasado en un valioso testimonio ilustrativo de los diarios y revistas, periodísticamente se dice que una muy buena foto equivale a mil palabras.

Esas fotografías se transformaron en verdaderos instrumentos documentales que ayudaban a la descripción que hacían, y que hacen, los cronistas y redactores de una publicación. Tal es así que muchos periodistas aprendieron a fotografiar para tener mayor libertad de movimiento, y a su vez los fotógrafos tradicionales se imbuyeron de conocimientos periodísticos como para descubrir cuál es el mensaje que se quiere dar, y cuál es el ángulo de la imagen que representa mejor ese mensaje.

La adjudicación de los denominados Premios Pirámide destinados al reconocimiento de la capacidad profesional en distintas especialidades fotográficas, tuvieron un premio mayor: la Pirámide de Oro. La misma le fue adjudicada a José Luis Cabezas por su meritoria labor como cronista gráfico.

No hay duda que la trascendencia de sus comprometedoras fotos implicaron su injusta y arbitraria muerte; pero es la reproducción de su cara a través de millones de volantes y de ejemplares de medios que la repiten, que obtenemos un mensaje de mil palabras.

La libertad de expresión es esencial en el ser humano y en su capacidad de comunicación, que por ser mucho más rica en su contenido lo diferencia de otros seres que

habitan la Tierra. Pero esa libertad de expresión se transforma en los hechos en apenas un murmullo de entrecasa, si no va acompañada de una amplia libertad de prensa, que amplía en forma multiplicada el envío y recepción de los mensajes. Constantemente redactores y reporteros gráficos, al mismo tiempo que nuestros colegas de radio y televisión, nos muestran paisajes de incultura e irresponsabilidad ciudadana proveniente de quienes han recibido un mandato. Esas descripciones y esas fotografías afirman o desmienten estadísticas que muchas veces son sacadas de contexto por partes interesadas en falaces interpretaciones.

La figura jurídica del mandatario infiel se ha convertido en algo irónico que tiende a lo grotesco. La infidelidad para algunos es un mero juego a las escondidas, en el cual el que es descubierto apenas paga una prenda. Parecería que la deslealtad no afectara el honor y las posibilidades de convivencia social del tramposo. Un afectado de gripe tiene más rechazo ambiental que un jugador de esperanzas y bienes ajenos. No hace mucho decía que quienes pretenden representarnos adquieren en sus discursos un compromiso contractual con los ciudadanos, y la violación de esa promesa da lugar al repudio, que es la base de un juicio político generalizado basado en la infidelidad del mandato.

Las molestias que puedan producir a un pequeño grupo de personas una prensa exigente y crítica, no es tan dañosa como el deambular político de muchos candidatos a funcionarios que han convertido la silla de sus escritorios en poltrona para sus sueños de grandeza.

Este artículo apenas tiene quinientas palabras, la mitad del mensaje de una buena fotografía, la de José Luis Cabezas.

Carlos Besanson