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Dentro y fuera del escenario

No hay desarrollo social
sin una educación equilibrada.

CB

Cuando los actores están fuera del escenario y piensan que sus espectadores los están observando ¿siguen representando?, y en ese caso ¿qué libreto están diciendo, y quién o quiénes se lo escriben? Estas dudas me las formulaba cuando mediante crónicas de espectáculos ejercía el periodismo.

Las mismas preguntas las sigo efectuando cuando observo y comento las crónicas políticas y económicas. En estos casos, los actores no aparecen invocando el carácter de artistas sino el de conductores o dirigentes sectoriales.

Los relacionistas públicos o encargados de prensa ¿cumplen la función de libretistas? ¿Son textos de obras de teatro lo que vemos a través de discursos pronunciados directamente o transmitidos por televisión?

A veces la gente no se entera en forma inmediata y directa quiénes son los productores encubiertos que pretenden ganar con cada show, por más que se muestre ostensiblemente a un director de escena, o a una creativa cadena político-empresaria. Igual que algunos intérpretes que recién comienzan, se dan muchos casos de nuevos políticos que trabajan a la gorra.

Hace unos treinta y cinco años me tocó investigar exitosamente como abogado un caso famoso de vaciamiento en gran escala de empresas. La pregunta es si algunas modalidades de ese entonces no se aplican también en el vaciamiento de países.

La cosa pública es de todos nosotros, y no sólo de quienes la mencionan en sus libretos. La apropiación indebida de los bienes de un país, una provincia o un municipio es un grave fraude, que no debe quedar eximido por la capacidad dialéctica o interpretativa, que nos convenció circunstancialmente en el primer acto o en los subsiguientes.

Quienes se equivocaron al votar porque fueron engañados no tienen porqué sentirse solidarios con las consecuencias, pero tampoco deben silenciar los hechos fraudulentos que cambian los dichos cautivantes.

La impunidad realimenta nuevos delitos y alienta la creación de otros teatros escandalosos para un público hábilmente convocado.

Los falsos juicios de valor alteran la convivencia social y tergiversan la escala axiológica, generando inseguros estilos de vida.

La libertad se asegura respetando la de todos. El engaño es un totalitarismo disfrazado y una forma de fraude cívico. Los privilegios pueden llevar a una corrupción garantizada y a la ruptura de la unidad social. La mentira es una forma de desnaturalizar la comunicación de manera imprevisible.

La búsqueda de la seguridad no debe significar la pérdida de la libertad. Entender a fondo los argumentos del otro no implica compartirlos totalmente, pero es necesario la buena fe recíproca en procura de la verdad en un debate. La capacidad de discusión se queda habitualmente en la forma y no en el fondo del problema.

Consolidar el cuerpo comunitario a través de la responsabilidad individual es la tarea de todos los ciudadanos. La inercia personal no genera trabajo estable y justo; la de todos a largo plazo termina destruyendo lo ya existente. El progreso siempre debe ser simultáneamente moral e intelectual para que tenga vigencia masiva. Deseemos que en política los buenos actores sean buenas personas.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 941, del 11 de mayo de 2005