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El amor a la libertad

Cuando era adolescente, en ese constante desconcertarse frente a los hechos cotidianos de los cuales era testigo, me decía que debía aprender a ser lo suficientemente sensible para que todo me hiera, y lo bastante fuerte, para que nada me mate. En esa especie de autodisciplina en la cual intentaba formarme había algo que consideraba inadmisible: la indiferencia. Sin embargo existían también, peligrosamente encubiertas, situaciones que eran sumatorias de hechos que constantemente bombardean al individuo, sin darle tiempo para organizar su interpretación inteligente y equilibrada. Para un joven descubrir las reglas de juego no es sencillo, sobre todo que es difícil determinar a qué se juega y quiénes son los jugadores visibles y los encubiertos. Separar los discursos de las reales acciones, las inoperancias de las promesas, es siempre un campo minado en el cual los incautos se lastiman o perecen. En esas circunstancias, crecer sin amarguras ni resentimientos, no es fácil pero tampoco imposible. A los jóvenes les cuesta mucho encontrar buenos referentes que den testimonio permanente de una honesta coherencia. Les resulta difícil hallar los maestros accesibles ante los cuales mostrarse en sus dudas y recibir ejemplos de vida que sean conducentes con la realidad en la cual están inmersos. Cuando esta juventud analiza los actos de corrupción de la sociedad moderna, posiblemente se desconcierte al descubrir que los impactantes avances tecnológicos y científicos no han mejorado los trastornos de conducta que tienen los individuos en crisis. Es que el hombre sigue siendo el mismo que producía en la antigüedad el caos de la torre de Babel, los escándalos romanos, las orgías del Renacimiento, o las trampas de los años locos.

Pero cuando las malas conductas humanas dejan de ser meros actos individuales que afectan finalmente a un pequeño entorno familiar y social, para convertirse en actos organizados, en los cuales la búsqueda del lucro y del poder se convierten en fines, la sociedad debe reaccionar.

En líneas generales todo delito comienza por ser un atentado a la ética y a la moral. Aún en algunos denominados culposos, como ciertas lesiones por ejemplo, existe un elemento de incumplimiento de normas por parte del imputado, que hace que éste sea punible.

En el caso del delito organizado, los códigos penales en general recargan las sanciones por el agravante que implica la asociación ilícita o el actuar en banda. Este tipo de actividad lleva a una búsqueda permanente de corrupción social destinada a encubrir su accionar y a captar nuevos cómplices mediante la seducción de una vida fácil. Hay un momento en que la prolongada dolce vita de algunos se puede convertir en una comprometida diabetes legal

En ciertas circunstancias es normal que la mayoría sana de una sociedad reaccione firmemente. Generalmente es cuando descubre que todas esas organizaciones corrupta-corruptoras atacan necesariamente la libertad del individuo y generan una nueva forma de dictadura que ahoga el espíritu creativo del hombre y anestesia solapadamente sus sentimientos. Es cuando la reacción ética dice ¡Basta! y esa generación testigo declara ¡Nunca más! La pérdida de la libertad se produce cuando se debilitan las defensas individuales y sociales y un enemigo se enquista en territorio ajeno para degradarlo. De esta manera actúan las organizaciones mafiosas contemporáneas. Sólo nuestro amor a la libertad y el ejercicio responsable cotidiano de la misma salvará a nuestros hijos y a nosotros.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero 535, del 30 de julio de 1997