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El amor propio y el ajeno

Un pleno desarrollo general requiere una buena salud mental, física y social de cada ciudadano.
C.B

La claridad de los sentimientos en la vida de relación, ayuda a que los posibles fracasos no sean tan graves y no frustren las ansias de vivir que todos naturalmente tenemos.

La inteligencia aplicada no es igual a la viveza empleada por algunos para lograr circunstanciales beneficios. De la misma manera que, no es lo mismo la utilización del dinero propio, que la apropiación de los bienes ajenos.

La impunidad reiterada adquiere las características funcionales que tiene un albergue transitorio, se entra y se sale rápidamente, pero no es el refugio estable de un amor seguro.

Muchos están habituados erróneamente a convertir el amor propio en el fundamento racional de su toma de decisiones, por encima de toda otra lógica. Quienes aceptan esto logran el apoyo especulativo de amores ajenos que se alquilan para aplaudir, y en los casos más discutibles… para callar.

El silencio compartido puede implicar la pérdida del interés general por múltiples desengaños acumulados, o la reacción alérgica frente a tantas mentiras recibidas.

Los ciudadanos somos seres humanos que llegados a su mayoría de edad y responsabilidad, agregamos a nuestros derechos, obligaciones moralmente imperativas, en donde la solidaridad nos lleva a hacer, aún con esfuerzo, o no hacer aunque existan ganas o tentaciones encontradas.

El auténtico amor ajeno es aquel que reconoce los méritos que existen, sin disfraces o maquillajes que puedan falsamente engañar. ¿No es eso lo que exigimos de entrada cuando buscamos en el otro compartir ideas, ideales, momentos? ¿Entonces si no queremos ser engañados, por qué actuar como simuladores? Desde ya el respeto a las diferencias que tengamos con los demás nos obliga a ser tolerantes, esto no implica falsear adhesiones totales que sintéticamente se convierten en mentiras disimuladas. Las reglas ineficientes se convierten en teorías de dificil aplicación, y por ende de dudosa vigencia y validez.

La paz no es un acto de debilidad o rendición, sino de fortaleza, tanto en las personas como en las naciones. No hay crecimiento estable sin paz en el entorno. Vivamos despiertos y activos… pero en paz

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 971 del 7 de diciembre de 2005