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El circo y las miguitas

He oído decir, muchas veces, que hemos malvendido las joyas de la abuela. Lo dramático de esta malversación del dinero público, está en que a través de un gigantesco endeudamiento, se está vendiendo la ropa de la nieta. En otras palabras, estamos dejando desnuda a la generación que nos sigue.

El ser humano, en toda su historia registrada, buscó el entretenimiento violento como una falsa forma de evadirse de sus frustraciones. Esa fuga hacia adelante existió siempre, como una resignada manera de no ver los problemas propios que requieren grandes esfuerzos para solucionarlos. El circo romano es la síntesis de cómo espectáculos sangrientos, como las luchas entre gladiadores y animales salvajes, facilitaban la evasión, como una alucinante droga visual que, luego de la suficiente descarga de adrenalina, permitía una resignada marcha hacia sus casas.

La tecnología moderna multiplicó el Coliseo romano en un número casi infinito. La televisión permitió que el circo alternara casi simultáneamente con el teatro, y éste con alucinantes presentaciones virtuales, que en un permanente delivery, llevaron a domicilio sueños y broncas ajenas, para obviar las propias.

Pero la fórmula del circo tiene un segundo componente que es el pan, elemento esencial en la comida hasta hace pocos años; basta recordar que en la triste Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la denominada guerra de trincheras, se consideraba que cada soldado francés debía consumir dos kilos de pan por día. Ese pan representa la alimentación básica que necesitaba una población, en un tiempo y lugar determinado. Lo dramático se da cuando, gracias a la distracción la gente empieza, lentamente, a recibir miguitas, en una transformación dietética y en una involución psicológica, la tecnología en vez de ayudarla con su asistencia, la aplasta en su existencia.

La ocupación se tiene que dar a través de la productividad, y ésta mediante la educación y la reinversión del ahorro nacional. El capital es el recurso más escaso para aquel que lo derrocha. El presentismo laboral es una condición necesaria, pero no suficiente. La correcta educación para el trabajo evita el consumo inútil y el desperdicio de tiempo y dinero.

Si se participa inteligentemente en la globalización, no perderemos necesariamente la autonomía en la toma de decisiones. Todo proteccionismo tiene que evitar que se devalúe la iniciativa y la búsqueda de una auténtica productividad sustentada en la eficiencia. El apoyo que se otorgue no debe disfrazar las inoperancias y fracasos, porque se pierde de esta manera el perfeccionamiento constante que obliga nuevas tecnologías y cambios continuos en los consumidores

El concepto de valor agregado que, sobre bases realistas, debe potenciar toda producción, es lo que permite, y permitirá, elevar el standard de vida de un país, y por lo tanto de su población.

No se puede distribuir lo que no se tiene, pero tampoco se debe ser injusto en la distribución de lo que ya se tiene, porque en el primer caso se está falseando la realidad, y en el segundo se está actuando arbitrariamente, sin equidad. Una sociedad falsa e injusta no potencia adecuadamente a sus integrantes. Considerar que el acceso libre y masivo al circo es un avance igualitario, es fomentar engañosamente la inmadurez. Recuerdo que hace muchos años un galán maduro explicaba su éxito con las mujeres. Decía a los periodistas que para seducirlas les hacía ver que ellas eran distintas, y que una vez que se lo creían, las trataba igual que a las demás. ¿Cuántos políticos emplean idénticos métodos de seducción a un electorado crédulo? No nos molesta aprovechar adecuadamente las miguitas si vienen acompañadas del pan que merecemos.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 691, del 26 de julio 2000