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El infierno de los paraísos

Cuando volvía de asistir a una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa en un país centroamericano, el avión, que tenía como destino final Miami, sobrevoló una pequeña isla llamada Gran Caimán, famosa por ser uno de los tantos paraísos fiscales.

Si bien la altura de la aeronave no permitía ver todos los detalles de su aparente riqueza, era evidente que no se vislumbraba en el lugar la existencia de grandes inversiones. Parecía que el caimán se comía todo lo que le ponían a su alcance sin dejar rastros.

¿Cuál es la razón por la que se han desarrollado numerosos sitios, en los cuales se crean bancos, cuyo único respaldo consiste en confortables oficinas y buenas comunicaciones internacionales?

¿Sus funciones están concentradas principalmente en la mera transferencia de fondos entre las antípodas de los países de origen del dinero?

¿Sus honorarios los reciben por llevar meros asientos contables de una riqueza ambulatoria, que no tiene paternidad visible, pero sí padrinazgos virtuales?

¿Son auténticos bancos o meras lavanderías de dinero de origen inconfesable? Quienes depositan en esos bancos habitualmente no tienen garantías legales y económicas que le aseguren plenamente sus depósitos, fundamentalmente porque muchos respaldos y avales no cubren a quienes no residen en el lugar en donde están las sedes de esas casas financieras. La excusa del uso de cuentas secretas para cubrirse de las erráticas políticas económicas de ciertos países suena a falsa. Si el origen del dinero fuera éticamente válido las transferencias del mismo no necesitarían ampararse en cuentas ocultas. No es la búsqueda de estabilidad económica y de sanas inversionesloque lleva a las partes a esos manejos tramposos, sino el ocultamiento de negocios negociados y de riquezas malhabidas. Si esta tesis fuera absolutamente improcedente, ¿por qué los mismos titulares no hacen públicos los datos de sus cuentas

en el exterior, máxime que la declaración de mayores patrimonios reales aumentaría su solvencia y fortalecería sus relaciones empresarias?

En un mundo globalizado en donde las leyes de la oferta y la demanda son poco discutidas, ¿cómo juega el lavado de dinero? ¿y cómo se cotizan transnacionalmente los frutos de la actividad delictiva? Sería conveniente que los jueces tuviesen la posibilidad que permitiese requerir, en cualquier caso de fraude económico, información reservada sobre la titularidad y movimientos de cuentas en ciertos refugios, de los botines de los corsarios contemporáneos.

Los países desarrollados que hablan de la necesidad de afirmar la seguridad jurídica, urbi et orbi, tienen que reconocer que el secreto bancario no otorga por sí una estabilidad legal, si el mismo tiene un alto grado de complicidad con el delito, y termina encubriendo los injustos resultados del mismo.

La pregunta que todos nos hacemos es si ¿solamente los delincuentes que han violado los derechos humanos referidos a la vida y a la libertad corren el riesgo de ser descubiertos en sus cuentas secretas? Porque también quienes, en su afán de riqueza defraudan a un pueblo, deberían saber que el dinero malhabido no está seguro en esos paraísos fiscales. Caso contrario el mundo tendrá muchos y diversos infiernos. La protección de hecho, a los delincuentes económicos y a los políticos mentirosos, no tiene fundamento ético-legal alguno. Los organismos internacionales deben marcar una clara política de descubrimiento de estas maniobras de ocultamiento que dificultan la convivencia humana y hacen más azaroso el decurso de las vidas.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero no 565, del 25 de febrero de 1998