Blog

portada-editorial-web

El juego de las lealtades

La falta de ejercicio de ciertas virtudes implica en el tiempo la pérdida lenta de ellas. Igual que la ausencia de entrenamiento que nos quita tonicidad a nuestros músculos hasta convertirnos, en algunos casos, en fofos humanoides, también el no vivir en plenitud con cada una de las virtudes que exigimos a los demás nos lleva a la pereza moral, y luego a la muerte ética.

La lealtad es una cualidad que no se cultiva plenamente en la actualidad. Esa característica no siempre es considerada públicamente como un elemento esencial dentro de nuestra sociedad. Por lo tanto la deslealtad y la traición se disfrazan de picardía, viveza o de una especie de vale todo en una lucha para ganar y no para mejorar.

Se es desleal cuando intelectualmente argüimos defensas que no proceden; cuando justificamos nuestros fracasos exclusivamente en que la sociedad, nuestros padres, nuestros superiores o el Prode, la quiniela u otros juegos, no nos dieron la oportunidad soñada. Somos desleales con nosotros mismos porque nos negamos a ver que tenemos libertad para cambiar algo de nuestro entorno.

Somos también desleales con los demás cuando les exigimos sacrificios que nosotros no hacemos, esfuerzos que no realizamos, capacidades que no ejercitamos, constituyéndonos en fiscales de los otros sin competencia ni jurisdicción apropiada. Tendríamos que sentirnos desleales cuando buscamos líderes que prometan ejecutar el trabajo por nosotros, o que nos propongan un amparo ficticio en el tiempo. Los liderazgos son válidos cuando el nivel de responsabilidad de los liderados obliga al conductor a ser útil al conjunto social.

El ejercicio de la lealtad consigo mismo llevará como consecuencia a obtener un mejor resultado general. No debemos confundir esa leal

tad personal con posturas de egoísmo, o de ubicarse en una posición privilegiada frente a los demás. Debemos ser coherentes en los aciertos y en las actitudes éticas, nunca en los errores y bajezas; para esto último están las debidas correcciones y arrepentimientos. Los cambios en la sociedad que tanto discutimos, deben comenzar en cada uno de nosotros que somos las células integradoras de ese cuerpo. Si nos enfermamos, o no gozamos de la salud moral adecuada, terminaremos siendo uno de los eslabones débiles de una cadena que se puede romper. Por ello siempre en nuestros comentarios hacemos hincapié en el concepto del ciudadano, porque él es la base y componente esencial de una solidaridad que comienza por cada eslabón de esa cadena.

La falta de lealtad implica traición. Por lo tanto cuando se habla de casos de corrupción de ciudadanos funcionarios hay quienes afirman que se hace una traición a la Patria. ¿Pero cuántas deslealtades cotidianas cometemos por nuestra irresponsabilidad? y ¿cuál es la sanción ética que sufrimos ante esas agachadas?

Nuestro silencio como miembros de ese cuerpo social frente a la medianía de carácter puede llevarnos insensiblemente de una situación de tolerancia a otra de complicidad. Porque es justamente la falta de esa gota de heroísmo cotidiano, tan necesaria para vivir con honor, lo que nos lleva a silenciosas deslealtades, a traiciones hacia nuestra persona, que terminan en traiciones generalizadas. Y en ese momento hemos perdido definitivamente el juego por hacer trampa.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 211, del 15 de mayo de 1991