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Juramentos de mancos

Desde mi juventud ejercí intensamente dos profesiones, para las cuales me preparé adecuadamente. La abogacía es una de ellas, y el periodismo la otra. En esta última actividad colaboré con muchos diarios del interior del país, a los cuales representaba en las salas de prensa de ciertas reparticiones.

Fue así que durante muchos años asistí a la asunción de nuevos ministros y secretarios de Estado, que bajo solemnes juramentos se obligaban a cumplir una Constitución, que no siempre era respetada en su espíritu y aplicación. Existieron gobernantes que, de crisis en crisis, sustituían a sus funcionarios de alta jerarquía con una rotación que obligaba, a los periodistas, a estar por lo menos una vez al mes en la Casa Rosada, para ver a un nuevo ministro jurar, muchas veces en vano. De esta manera la solemnidad del acto fue perdiendo frente a los asistentes la fuerza moral que el mismo simbolizaba; en algunos casos semejaban a ciertos casamientos de ateos en magníficas catedrales; estaban ahí para sentirse glorificados por sus amigos y parientes, y también por aquellos que los consideraban representativos de sectores afines.

Sobre esas bases, meramente teatrales, la República no puede funcionar representada por apoderados desleales. Así tampoco es realmente democrática, porque no nos coloca a todos en un pie de igualdad de oportunidades y también de responsabilidades. Los funcionarios no pueden engendrar la sospecha de que se sienten privilegiados por los títulos y honores, e indemnes por sus fracasos, sean estos torpes o dudosos. No es posible que el aprendizaje de la conducción de la cosa pública tenga que pagarlo el pueblo, como si fuera una beca encubierta.

El crecimiento de una Nación está condicionado por factores internos y externos. En el primero de los casos, un sentido realista al fijar objetivos permite que los mismos sean entendidos y aceptados por el pueblo, porque son viables y plausibles. La ejecución de los planes para lograr esos objetivos debe ser honesta y lógica, si no la malversación de esfuerzos y tiempo hacen que esos planes se frustren en la realidad cotidiana.

Los factores externos, que hoy se los sintetiza en el término globalización, son alternativamente limitativos, en algunos aspectos, y en otros potencian oportunidades, para aquellos capacitados en detectarlos. Quienes conducen políticamente la cosa pública, ya sea en el orden municipal, provincial o nacional, deben asumir la responsabilidad moral de la eficiencia. Parecería que el concepto de eficiencia no tiene conexión directa con las reglas morales, sin embargo todo profesional, y el político en cierta etapa lo es, debe ser eficiente para evitar el reproche de mala praxis, por incumplimiento del compromiso que asume cuando ofrece sus servicios.

La mala praxis política implica tanto dolo inicial en las promesas electorales, como negligencia en la ejecución de las tareas pertinentes. La falta de orientación y vigilancia de sus subordinados directos, soslayando hechos arbitrarios e ilícitos que ocurren próximos a sus reparticiones, también les son imputables.

¿En qué momento se convierte en manco un falso juramentado? ¿Cuando asume o cuando abandona sus funciones? Lamentablemente por cada hombre político que indebidamente falla con sus manos, el pueblo tropieza en su largo caminar.

La tranquilidad ciudadana sólo se logra cuando sus representantes son confiables

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n°678, del 26 de abril de 2000