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La fachada de las cosas

Si no hay una enrraigada
solidaridad es difícil que
funcione la democracia
de manera auténtica.
CB

Los malos ejemplos cotidianos se han convertido en algo tan habitual que ya pasan desapercibidos, o producen menos reacciones individuales y colectivas. La pérdida de una autocrítica constructiva hace que muchos, sin tomar plena con- ciencia de ello, peligrosamente se nivelen hacia abajo.

Cuando criticamos, con fundamentos su- ficientes, el proceder de los funcionarios públicos, señalando que son malos ad- ministradores de los bienes de la socie- dad, ¿tenemos en cuenta que no siempre somos buenos ejemplos del manejo de nuestro trabajo? ¿de nuestros tiempos? ¿de nuestro dinero? ¿de nuestro constan- te aprendizaje?

El desperdicio y el mal consumo innece- sario son faltas graves que pasan desa- percibidas en la vida cotidiana, y por lo tanto no son autocorregidas para evitar fracasos y frustraciones.

Si no tenemos en cuenta la funcionalidad de cada elemento integrante de un conjun- to, sean éstos equipos humanos o equipa- miento tecnológico, los resultados van a ser siempre aleatorios e inseguros.

Todas las personas somos simultá- neamente una pequeña y gran empre- sa que nosotros administramos: ella se llama vida. Si nuestra empresa íntima está fracasando, los resultados repercutirán fraccionadamente en el riesgo país.

Nuestros equipos improductivos bajan los estándares de vida personal y fa- miliar. Sin embargo no creo que to- dos tengamos esa percepción.

En la genéricamente denominada era del conocimiento ¿nos conoce- mos a fondo?
H
acernos trampas a nosotros mismos también es un acto de corrupción, aun- que no nos sea sensible y evidente.

Si el tiempo y el dinero propio lo manejamos mal no creo que seamos eficaces en el ge- renciamiento del tiempo y del dinero ajeno. La fachada de las cosas puede ser aceptable, como una caja de regalos, pero el contenido no siempre tiene la calidad y calidez sugerida. Como personas ¿trabajamos únicamente en nuestra fachada?

¿Cuanta gente trata de disimular su edad? Lamentablemente el retroceso ca- lendario lo hacen olvidándose de las ex- periencias vividas y borrando conocimien- tos trascendentes. Confunden de esa ma- nera una deseada agilidad con compor- tamientos de adolescentes.

La fachada de los edificios no siempre reflejan la solidez de los mismos. La de los hombres a veces tienen vistosos retoques, puestos por sus agentes de prensa y de relaciones públicas, que ocultan la ineficiencia funcional y las faltas a la ética y la moral. En esos casos el contenido no guarda relación con el continente.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 873, del 21 de enero 2004