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La necesidad de ser reiterativo

En muchas oportunidades, nuestros lectores habrán observado que repetimos textos y conceptos de notas ya publicadas. El motivo de ello no es simplemente reaprovechar contenidos, sino acreditar, por un lado, la existencia de temas y problemas de carácter permanente, y la demostración de que, los males crónicos no son productos del último gobierno, sino de la sumatoria de desgobiernos, que administran eufóricamente sus dichos, pero mal los hechos.

Varios de los artículos también mencionan la falta de ejercicio constante de los derechos y deberes de los ciudadanos. La credulidad frente a los discursos, alienta a aquellos que defraudan a su público. El derecho penal aún no ha incorporado el concepto de mala praxis de los funcionarios administradores. Por lo tanto, la confusión en los hechos, entre lo que es el descuido culposo, del episodio doloso, hace que la defensa tenga posibilidades de éxito al engendrar la duda. Si bien es indiscutible la presunción de inocencia que marca el derecho moderno, y por lo tanto la carga de la prueba corresponde al acusador, existen otros medios ecuánimes para descolocar a quienes entran en la variante de la corrupción. Uno de ellos debe ser la obligación impositiva de explicar el origen de los fondos por parte de quienes han sido, o son, funcionarios del Estado, en cualquiera de sus niveles o competencias. Más aún, hace años venimos sosteniendo que el tiempo de prescripción se suspende, para cualquiera de las partes intervinientes, cuando en una operación comercial, o en una licitación, aparece en forma directa o indirecta un funcionario, mientras éste siga en esa o en otras tareas públicas.

Muchas veces, hablamos también de la ineficiencia como un demérito. Y eso es aplicable a todo aquel que toma decisiones carentes de orientación adecuada, o sin sentido de oportunidad, para sí o para terceros. Gerentes y directores de empresas que actúen equivocadamente, perjudican no sólo a los capitales que representan, sino a quienes ocupan laboralmente, como también a los que están vinculados como clientes y proveedores. Tanto se habla de la irresponsabilidad de la gente, que de hecho el concepto se va tergiversando como una falta de responsabilidad, para finalmente caer en un peligroso nadie es responsable, lo que parecería eximir de las consecuencias de los actos. La pérdida de autocrítica, o la tolerancia ingenua en la misma, hace que perdamos capacidad de corrección para con los errores pasados, y de previsión de los futuros. El autoexamen no debe ser destructivo ni inconducente, bastaría quizás, si es que se me admite la ironía, que apliquemos apenas el cincuenta por ciento de la intolerancia frente a los demás. El nivel de vida de un pueblo está dado por el nivel intelectual, empleado cotidianamente por sus esforzados integrantes.

Carlos Besanson

Publicado en el DV n° 721, del 21 de febrero de 2001