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La pasta nostra

Hace poco tiempo, un amigo me decía si tenía presente que, cuando termina una partida de ajedrez, todas las piezas, cualquiera sea la importancia y valor, van a una misma caja. Esta reflexión es válida en muchas circunstancias, que nos permite aplicarla dentro de diferentes contextos.

Cuando el rey vale lo mismo que un peón, cuando la torre pierde la importancia de su avasallante movimiento, y el alfil deja de ser más previsible que el caballo, señal que esa partida ha terminado. ¿Y qué pasa con la dama? Su ubicuidad fenece…

La caja, donde se guardan todas esas piezas y símbolos, puede ser interpretada como una cárcel, o una tumba, o simplemente como un refugio democrático. ¿Qué ocurre en una sociedad que durante tantos años soportó a los empleados ñoquis, y que terminó festejando, el día de pago de ese fantasma laboral, como aquel día en que la familia debía reunirse alrededor de una fuente de dichas pastas? ¿Esa capacidad de aguante es signo de debilidad, de fortaleza social, o de indiferencia?

Las respuestas pueden ser varias, de acuerdo con los diferentes momentos que atraviese cada grupo o sector integrante de una comunidad. Pero la mera tolerancia, por una inercia inoperante, es harto peligrosa. Esa misma razón de no ser, es la que juega en otras situaciones, donde la injusticia adquiere estabilidad en el tiempo. Ciertos conceptos, que son señeros, porque marcan rumbos a los ciudadanos, se mezclan con otros, en forma tal, que pierden su valor orientador. ¿Qué sentido tienen, en la práctica cotidiana, conceptos como tolerancia e inoperancia; presunción de inocencia y duda metódica; pruebas fraguadas y exceso de expedientes; dignidad de los magistrados o apurados coitos en los baños de la cárcel; cohecho y alegres retornos; corrupción e injustos privilegios legales Así como éstos, se podría redactar un diccionario de falsos sinónimos, que hacen, no sólo a la degeneración de un idioma, sino también a la decadencia de una sociedad.

Lamentablemente el ñoqui no es la única pasta que adquirió una alarmante vigencia; el raviol, uno de los símbolos de la droga se popularizó en demasía, afectando totalmente a los individuos adictos, o en tren de serlo, y a las familias que integraron, así como a los núcleos sociales que deberían contenerlos. El negocio de la droga no termina en el mero tráfico ilegal de la misma, sino que continúa en el blanqueo del dinero y de los capitales que se acumulan con su operatoria. Las inversiones de los narcotraficantes, frecuentemente son protegidas por testaferros profesionales, banqueros ansiosos, y funcionarios venales.

Es correcto el planteo generalizado de atacar el tráfico de drogas, no sólo en su cultivo y su transporte, sino en su consolidación como capital de inversión. Actualmente en el plano internacional se van definiendo criterios para desproteger capitales malhabidos, que provienen de la corrupción, del narcotráfico, o que sean consecuencia de toda acción delictiva.

El delito económico no es sólo la estafa o la defraudación. Se da también en toda maniobra destinada a esconder los bienes obtenidos como consecuencia de una acción criminal penalizada. Cuando desaparezca la ventaja económica en el acto delictivo, se comienza a desbaratar toda organización destinada a usufructuar, lo obtenido indebidamente. Al crimen organizado no hay que concederle ventajas en el enmascaramiento de capitales. A la corrupción de los funcionarios no le corresponde el privilegio de la evasión. La libre circulación del dinero no implica la aceptación del engaño y del fraude. Caso contrario, sería una forma de aceptar dinero falso, no en su confección e impresión, pero sí en su dolosa obtención.

La pasta, a la cual me refiero, no debe ser aceptada como nostra, en una sociedad evolucionada.

Carlos Besanson

Conceptos ya publicados en el Diario del Viajero no 598 el 14 de octubre de 1998