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La retórica y la simulación

No basta el énfasis para hacer creíble una historia.
No es suficiente el grito para convencer,
ni el silencio para acordar ideas.
C.B.

El disimulo ayuda poco a la convivencia, para corregirse hay que tener la humildad de la autocrítica. Para corregir a los demás hace falta autenticidad y vocación docente. En una democracia no hay súbditos sino ciudadanos, en algunos casos sin plena experiencia. Pero a la humillación de sentirse engañado por discursos falaces, se le suma la amargura de ver una mala película de ficción, sin ciencia. Para evitar que los excesos arruinen reivindicaciones legítimas, deben eludirse objetivos inaccesibles. A veces lo malo no está en la herencia, sino en los herederos.

Este concepto lo desarrollé hace tiempo en un seminario destinado a orientar empresas familiares; pero también es aplicable al análisis de una sociedad, mucho más numerosa en sus componentes, que se llama nación. La historia de cada país está integrada por grandes contradicciones que se evidenciaron en luchas, algunas sangrientas, pero siempre injustas para los intervinientes, que aun victoriosos pagaron altos precios por los resultados de cada batalla.

Para aquellos que tenemos muchos días vividos, y kilómetros recorridos, no nos sorprenden las quejas de jóvenes, y no tan jóvenes, que aspiran pasivamente a un primer mundo ajeno, como si éste fuera la suma de la perfección y del equilibrio.

Creer en la perfección de los grandotes, por el solo hecho de serlo, es ignorar la historia de nuestro planeta, y de sus componentes. Que los dinosaurios sean protagonistas de películas cinematográficas, no significa que hayan resucitado. Viejas civilizaciones son reconocidas por los historiadores, en sus méritos y en sus desgracias, pero ello no implica su vigencia actual. En cambio, la solidez de una sociedad, basada en una educación apropiada y un sentido de justicia generalizado, se transmite en el tiempo, cualquiera sea el tamaño de su territorio o la cantidad de sus habitantes. Bastaría repasar esos archivos de la historia, que son los diarios de los siglos XIX y XX, para descubrir cómo la representación del pueblo no siempre es fidedigna y auténtica. Un librillo Les mots des Politiques (Las palabras de los políticos) sintetiza las contradicciones y advertencias de quienes actuaron en las diferentes repúblicas de Francia, que nos demuestran que lo que a nosotros nos pasa, a otros también les ha pasado. Y estos sintéticos relatos, que he traducido, no son para que nos resignemos, sino para que sin complejos nos superemos.

Carlos Besanson

En 1849 Adolphe Thiers decía: los gobiernos tienen un gran juez, un juez infalible, sin apelaciones, ¿sabe usted quién es ese juez?: los hechos Georges Clemenceau en 1881 reconocía que: no hay un derecho de las naciones consideradas superiores sobre las naciones inferiores. Más tarde, en 1905 aclaraba que se reconoce a un político porque todos sus verbos son dichos en futuro.

Joseph Caillaux en 1942 manifestó: es un axioma en la historia mostrar una constante verdad: los gobernantes, cuyas dificultades interiores están a punto de sumergirlos, buscan una distracción en aventuras exteriores.

Vincent Auriol decía en 1946: durante años va a hacer falta girar alrededor del inodoro. Charles Pasqua en 1992 aclaraba que: una empresa que pierde la mitad de sus clientes entra en falencia. Los políticos, cualquiera sea el número de sus electores, no se consideran menos elegidos. Es el triunfo de los cínicos.

Alain Juppé en 1993 opinaba: ¿Cómo gobernar mañana un pueblo a la vez sobreinformado y desinformado, conservador y reformador, casero y aventurero, realista e impaciente?

Publicado en el Diario del Viajero 746, del 15 de agosto de 2001