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Libertad bajo palabra

Debemos aprender a ganar honestamente lo que se puede gastar honestamente.
C.B

Recuerdo que, en mis primeros tiempos de estudiante de abogacía, leyendo sobre derecho penal, aprendí la existencia de una figura jurídica, vinculada a la excarcelación en los delitos menores, mientras se tramitaba la investigación. En ciertos casos, se podía obtener la libertad, bajo la palabra de comparecer de inmediato frente a cualquier requerimiento del juez de la causa.

Tengo presente que me llamó mucho la atención, no que fuera de la cárcel se esperara una sentencia, favorable o no, sino que se admitiera como válida la palabra de un sospechoso o inculpado. Sin embargo la aplicación de esa norma tenía su fundamento jurídico-social. No obstante ello me preguntaba en ese entonces ¿cómo podía tener palabra alguien que estaba violando la ley? Han pasado muchos años y las dudas sobre la palabra de la gente ha entrado en un cono de sospecha general. Ya no es sólo el delincuente el que puede llegar a violar su palabra, sino que, los hombres sin prontuario tampoco le dan suficiente validez a sus compromisos verbales. Da la sensación, que violar la palabra, es una forma bastarda del ejercicio de la libertad sin responsabilidad. Los usos y costumbres están cambiando tanto que la palabra de un imputado puede tener tanto suspenso, e interrogantes, como la del que no lo es. El juego de palabras se ha convertido en algo tramposo por parte de quienes participan en él, dejando de ser un mero ejercicio intelectual para transformarse en una trampa ética. Desaparece, de esta manera, el compromiso integral para ser sustituido por la viveza amoral. Hasta los medios de comunicación se han llenado de palabras, aun aquellos que ponderan la imagen como una forma de diferenciación. Casi todos relatan lo que se dice, no lo que se hace realmente. Es un periodismo meramente declarativo, no necesariamente de fundamentos, sino de argumentos. En el fondo es, como si la tan imprescindible libertad de expresión, quedara reducida a

una mera libertad bajo palabra, ¡de buen comportamiento, se entiende!
De esta manera los dichos de pocos encubren las desdichas de muchos, y poco a poco la inseguridad que genera en el tiempo una injusticia crónica, lleva a muchos a la pérdida de la fe y de la esperanza. Considero que los medios de comunicación necesitan, como en la física nuclear, tener más peso atómico en cada una de sus páginas. El contenido de ellos reclama la solidez suficiente como para fortalecer al lector frente a las heridas que le produce una sociedad con muchos caudillos, pero con pocos estadistas.

La labor docente de la prensa se anula si se circunscribe a ser un mero parte policial, redactado en un buen estilo. La utilidad de la información pasa por el campo de la formación de quienes dirigen los medios de comunicación. El reciclaje constante de frases de quienes aspiran a figurar en las columnas cotidianas, o en los programas de radio y televisión, distrae al ciudadano, que termina asistiendo pasivamente a un confuso show, en el cual, constantemente se tantean acciones y reacciones para ponderar la aceptación o no de situaciones, ante una opinión pública arteramente confundida.

El periodismo debe tener una gran capacidad de investigación e interpretación, aplicada al comportamiento humano, pero debe ser respetuoso del tiempo de sus lectores y telescuchas, partiendo de la base que el capital más escaso del ser es justamente el tiempo. Si la prensa se queda en hablar superficialmente del circo, quienes asisten constantemente al mismo, se quedan a largo plazo sin pan, y los medios sin la torta.

La libertad de palabra obliga, bajo palabra, a la responsabilidad en la transmisión del pensamiento, para no retroceder en la calidad de seres integrantes de una sociedad civilizada.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero n° 588, del 5 de agosto de 1998