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Los espías dobles

El gran público ha tenido siempre oportunidad de conocer el relato de actividades de espionaje a través de las novelas, las notas periodísticas y finalmente el cine. De acuerdo a las circunstancias, y a la óptica de quien presenta cada una de las historias, reales o ficticias, el espionaje se convierte en una dramática aventura, o en una repudiable traición.

Pero el submundo auténtico de esas organizaciones no es mostrado tal cual es, no tanto como para mantener el secreto de identidad de sus actores y personajes, sino por la cantidad de actos ilícitos que tienden a concretarse en el transcurso de sus operaciones. Si el fin no justifica los medios, parecería que todos los gobiernos tienden a obtener partidas secretas destinadas a producir medios no lícitos ni éticos. De ninguna manera se debe presuponer la total justicia y licitud de las operaciones de esas instituciones, por el solo hecho de estar genéricamente habilitadas presupuestariamente para operar. El tipo de organización celular que muchas veces emplean no siempre permite un control real de cada una de sus actividades por los responsables superiores. En muchos países con estructuras democráticas se han observado en el tiempo, el desarrollo de hábitos secretos de violación de los derechos humanos y de los derechos políticos de los habitantes.

El reclutamiento de los agentes, informantes y operadores circunstanciales no siempre conlleva una selección exigente sobre las cualidades morales e intelectuales de los postulantes. El poder secreto obliga a responsabilidades públicas muy superiores que no pueden ser soslayadas por razones de mejor servicio. Está claro que no puede haber seguridad en un agente secreto si no hay certeza en sus virtudes ciudadanas. Asimismo, la carencia de objetivos nacionales claros y concretos, conocidos y aceptados por la mayoría ciudadana, hace que las estrategias sean difusas, y las tácticas contradictorias y perturbadoras.

Pero en el ambiente del espionaje existen también los líberos que trabajan simultánea o alternativamente para diferentes intereses, muchas veces contrapuestos. Hasta grupos empresarios adquieren el hábito de alquilar esos servicios con el fin de chupar información de sus competidores, o de quienes actúan en los sectores del poder, para detectar sus buenos o malos hábitos, y sus usos y costumbres, para negociar mejor con ellos.

Esa pérdida de claridad en los comportamientos lleva también a la aparición de los espías dobles que trabajan para diferentes banderas, incluso la pirata.

Pero ¿quién se atreve a discutir a los espías dobles?, si vivimos en una sociedad llena de dobleces. ¿Quién puede fijar objetivos políticos a los servicios de inteligencia? si los políticos no actúan inteligentemente. ¿Quién puede determinar estrategias? si vivimos rodeados de improvisación. ¿Quién puede exigir respeto al ciudadano, si justamente el respeto no tiene la plena vigencia y el reconocimiento de un derecho natural del ser humano? Además podríamos aplicar también el concepto de espías dobles, es decir infiltrados, a los políticos que no cumplen con sus compromisos adquiridos al postularse. ¿No son también espías dobles los periodistas representados por la vieja humorada que se repite en las redacciones de los diarios, en que preguntan si sobre un tema hay que escribir a favor o en contra? ¿No son también espías dobles los empresarios que no emprenden, sino que pretenden los privilegios por encima de la creación y el esfuerzo? En un mundo en que hay exceso de información, no hacen falta tantos informantes, sino lo que se necesita es inteligencia en la interpretación de los datos, y honestidad en las lealtades ciudadanas.

Carlos Besanson

Publicado en el Diario del Viajero no 447, el 22 de noviembre de 1995