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Lucha por ser. Lucha por poder

Alguna vez escribimos que muchos hombres políticos hacen cualquier cosa para llegar, y una vez que arriban no saben qué hacer. Lamentablemente la naturaleza humana permite que estos conceptos tengan permanente vigencia. No es nuestro deseo entrar en el análisis de teorías filosóficas sobre el destino del hombre, sus fines y los medios empleados, pero no hay duda que es a través de los hechos que los individuos pueden ser analizados, así como en la sumatoria de obras podemos reconstruir objetivos iniciales. Para ello hace falta observar a los aspirantes a pro-hombres en su trayectoria durante un tiempo determinado.
Las marchas y contramarchas, los dichos y desdichos, son elementos o mojones que marcan las contradicciones en el hacer, y por ende contradicciones éticas. La lealtad es un elemento esencial en la coherencia del individuo. La lealtad para consigo mismo, que no debe interpretarse como un acto de egoísmo, sino de honestidad moral e intelectual. La lealtad para con su familia que es la molécula social. La lealtad para con sus amigos y vecinos, que rechaza la falsía del juego de palabras. Si en esas lealtades básicas no comienza a asentarse el hombre político, lo que se está generando es uno de los tantos aprendices de brujos,que sin creer en nada pretenden que todos crean en él.
El hombre, público o no, debe apoyar su vida en un especie de trípode, una de cuyas patas representa la honestidad, la segunda la inteligencia, y la tercera el valor personal. Para que haya armonía esas patas deben ser parejas en su tamaño.
Imaginemos un individuo que sea inteligente y honesto, si es cobarde su carencia de valor lo llevará a aceptar cosas que repugnan a su inteligencia y honestidad. Si es valiente y honesto, al no tener la luz adecuada puede ser llevado a erróneas equivocaciones que terminan en ser injustas. Si es inteligente y valiente, pero sin ser honesto, puede llegar a ser el enemigo público número uno.
La lucha por ser es un acto individual, de constante enriquecimiento íntimo, pero que alimenta y es alimentado por la sociedad circundante. Muchos, equivocadamente, creen que para ser tienen que tener el poder, cuando en realidad tendrían que buscar el poder ser. Cuando vemos la plétora de hombres, que como luciérnagas brillan en la noche pero no alumbran, consideramos que el ciudadano debe elevar el nivel de exigencia con respecto al hombre público, y actuar de modo tal que la moral media sea tan definidamente alta que descoloque a los defraudadores de la esperanza. No debemos olvidar jamás que la gloria de los incapaces es la vergüenza de la sociedad.
Carlos Besanson
Publicado en el Diario del Viajero n° 247, el 22 de enero de 1992