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Política tribal contemporánea

Cuando se analiza la situación político-económica de ciertos países extranjeros, es más fácil tener la capacidad del observador imparcial, como la de un cirujano que está trabajando profesionalmente sobre un cuerpo ajeno. Pero cuando el médico debe diagnosticar sobre los males de su propio organismo, pierde la ecuanimidad tan necesaria para acertar con precisión en la definición de su estado de salud. Es que el cuerpo social al cual uno pertenece lo compromete en mucho con respecto al ideal buscado y a una realidad no deseada. Conversando en muchas oportunidades con personas especializadas en los problemas africanos, ellos siempre me han señalado las características de luchas hegemónicas entre distintas tribus que componían cada pueblo y, finalmente, cada estado. Esas luchas partían siempre de las prerrogativas que daba la fuerza como generadora del derecho sobre los demás, y como definidora del sentido de la justicia a favor de, o en contra de. Las tribus que luchan para imponerse a las demás a través de la violencia egoísta son segregadoras de los pueblos que no las integran, es decir son excluyentes de aquellos que no pertenecen a su familia, o no habitan su territorio original.

Así como la historia nos muestra la integración de grandes naciones a través del agrupamiento de tribus que van encontrando un común denominador en sus objetivos y fines, así también nos muestra esa historia que la pérdida de objetivos y fines desarrolla nuevamente el espíritu tribal sectario. Es decir, hay partículas que integran una sociedad que pueden aglutinarse coherentemente en función de un proyecto común aceptable, en cambio la carencia de un destino común hace que esas partículas se repelan y eyecten recíprocamente, porque sus integrantes sólo ven lo inmediato y próximo, y no confían en cuanto pueda ser trascendente y más esforzado.

El ejercicio de la democracia obliga, como razón de ser, al respeto de las parcialidades que la integran, pero esas parcialidades están constituídas por ciudadanos que pertenecen finalmente en el Estado a través de una Constitución. Cuando esa Constitución es aceptada por todos y cuando los ciudadanos se sienten amparados por ella, y uniformemente poderosos a través de ella, las tribus dejan de ser anárquicas para convertirse en integradoras.

Parecería que ciertos atavismos generan nuevos hábitos tribales; éstos se evidencian en conductas de ciertos caudillos que actúan como reyezuelos, y en algunos individuos que buscan ser los nuevos brujos de una sociedad moderna en su equipamiento, pero arcaica en su funcionalidad.

La desintegración de viejas galaxias políticas siempre es dura y costosa, pero formar parte de una de ellas es sentir en carne propia los efectos del dolor. Toda desintegración implica una inaceptable cuota de dolor, crueldad, hambre y miseria. Los sujetos que reciben esas consecuencias no pueden entender la razón de ser de tanta injusticia y sufrimiento. Sólo la comprensión, participación y entendimiento de sociedades mejor integradas pueden mitigar en parte ciertas conductas tribales absurdas, pero ello obliga a una etapa superior de civilización que nada tiene que ver con el poder de los armamentos. Quienes crean que las tribus se encuentran solamente en el África se equivocan; los problemas no están tan lejanos ni pertenecen a un sólo continente. A veces, en un simple consorcio de copropietarios de un edificio están atrincheradas distintas tribus que no saben integrarse. Necesitamos auténticos médicos, y no brujos, que nos curen los males sociales de una civilización con sus involuciones. Los políticos contemporáneos deben aprender a dejar de lado banderas tribales para levantar sólo aquellas que aglutinan a la ciudadanía, sólo así serán estadistas.

Carlos Besanson

Publicado en Diario del Viajero no 277 del 19 de agosto de 1992