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¿Te gustaría ser presidente?

Cuando a los ocho años cursaba la escuela primaria, una maestra que nos enseñaba los rudimentos de educación cívica, empezó a preguntar en forma individual a cada uno de sus alumnos ¿te gustaría ser Presidente? Todos nos sentíamos sorprendidos por esa manera diferente de indagar los conocimientos culturales y también las características de nuestros lejanos objetivos. Detrás de cada interrogante venían otros más ¿a qué compañero buscarías para ayudarte a serlo? ¿qué harías como Presidente? y ¿con quiénes trabajarías para lograr un buen gobierno?

Los que físicamente me conocen saben que ya ha pasado mucho tiempo de esa anécdota escolar. Ninguno de mis compañeros llegó a ser Presidente pese a que el nivel de enseñanza era muy bueno. Sin embargo, a través de los años no se han sentido fracasados por no llegar… en cambio sí por los muchos que llegaron en ese lapso considerando como lo hicieron y que dejaron o sacaron del país.

Arribar a una función, pública o privada, no debería ser la prueba final de éxito en la vida. Es el reconocimiento posterior por la labor realmente cumplida el mejor premio de cada una de las etapas que todos realizamos en la vida. Igual que en el amor, el que nos extrañen es un índice del aprecio. Este criterio siempre debe considerarse en la constante autocrítica a la que todos estamos obligados. Recorrer el camino torpe o tramposamente no es un mérito para jactarse, ni aún cuando la prescripción judicial termine protegiendo a los maliciosos.

Avanzar sin pisar a nadie es una manera ética de caminar por este mundo. Sin embargo constantemente tenemos que estar atentos para eludir a los que empujan violentamente o van de contramano para llegar antes, cualquiera sea el daño que provoquen, sea este material o moral.

Hace falta querer saber la verdad para descubrirla, siguiendo el camino adecuado. Los planes prometidos se convierten en esperanzas perdidas cuando hacemos un balance correcto de los episodios en los cuales somos simultáneamente testigos y actores.

La usual práctica desleal afecta la libertad de mercado y se da también en los países del llamado primer mundo. Pero esa mala praxis ocurre con demasiada frecuencia en la política. El juego sucio es tan habitual que algunos lo toleran como una cosa lógica, y a otros no les llama tanto la atención.

Lo capcioso queda finalmente al descubierto, pero es como si hiciéramos la autopsia para saber de que murió la esperanza. ¿No sería importante saber como podemos salvarnos antes de sentirnos finados? Perdonar no es olvidar. La esclerosis legislativa y judicial tiene que ser rápidamente atendida para evitar una parálisis definitiva en una democracia no funcional.

Aceptemos la terapia sobre cada uno de los errores. Crecer en la experiencia sirve para no reincidir en los fracasos. El fatalismo de los que nada hacen no tiene que contagiarnos. No es fácil llegar a ser Presidente, tampoco lo es aguantar como ciudadano las consecuencias de decisiones ineficientes y de compromisos corruptos. El precio a pagar es demasiado oneroso.

El contenido de los discursos puede tener un buen nivel profesional. Por algo en todos los países del primer y último mundo existen profesionales que redactan los textos con la habilidad creativa de un publicista. Por eso lo importante no es lo que se dice sino lo que se ha hecho y se hace. Por cierto ¿alguna maestra formula hoy la pregunta que yo escuché de chico?…

Carlos Besanson